La
realidad política y social, el desencanto con la democracia representativa
actual y los abusos cometidos por los que ostentan tanto el poder político como
el económico y coercitivo han puesto de manifiesto que se necesita un estudio pormenorizado
de los fundamentos de la democracia española y, por ende, el proceso de
transición a la democracia y el papel que jugaron cada uno de sus actores. Ahora, al leer los cables diplomáticos de
Wikilieaks queda claro que el plan que EEUU había diseñado para España es
precisamente el que resultó tomar cuerpo. A toro pasado es fácil observar que
la situación geopolítica apuntaba casi irremisiblemente a una entrada de España
en la OTAN, en la CE de los mercaderes, a un descenso de la influencia política
hasta la marginalidad del PCE y a un
aumento espectacular de la influencia de un PSOE apoyado desde la socialdemocracia
alemana subsidiada por EEUU con dos motivaciones, eliminar la posible
influencia comunista en la política del país y crear un bipartidismo turnista. El
plan era tan fácil que no hizo falta la violencia que EEUU apoyaría en Chile. Tenían
el beneplácito de todas las fuerzas políticas que, además, habían aprendido
la lección de la guerra y la consecuente eliminación de la historia y las identidades
previas a la victoria franquista. En resumen, la transición se forjó a espaldas del pueblo
por unas élites hijas del miedo y del asesinato en masa y se perpetuó hasta hoy
para dar siempre la espalda al poder popular.
Torcuato
Fernández Miranda, presidente hasta el nombramiento de Arias Navarro, dijo antes del comienzo oficial de la transición: Olvidaremos
la guerra, pero no la victoria. En la lógica conservadora, la guerra fue un desastre natural, pero la redención fue franquista. Y con esas cartas que
planteaban la superioridad moral de las instituciones franquistas se realizó
una transición que condenaba a las generaciones siguientes al olvido de la
historia, a la falta de identidad y le arrebataba el derecho a cuestionar
posicionamientos intelectuales y políticos obsoletos. Porque el mal de la transición
no es lo que se hizo o dejó de hacer, sino que con el tiempo los actores de aquella
reforma maniatada no tomasen las únicas opciones políticas que podrían haber
restaurado la confianza en el futuro: la autocrítica y el relevo generacional.
Por
eso, cuando José Ángel Mañas publica su Historias
del Kronen, le llueven las críticas a mantas. ¿Por qué? Todos sabemos que
nadie se ensaña con lo inofensivo si no es por crueldad y que no tiene sentido
dilapidar a un autor de poco más de veinte años por una mala primera novela.
Pero el caso es el contrario, la novela es beligerante –o por lo menos da el
primer paso hacia el análisis de las consecuencias generacionales de la
transición- además de brillante. No se trata de que muestre un mundo sórdido y
lo lleve a primera plana de la sección de sucesos, sino que redescubre la
marginalidad a la que la transición había condenado a la juventud, para
certificar su fracaso político y social. La desafección política, desarraigo social, estilo de vida y léxico del lumpen proletariado se habían instalado en todas las
clases sociales.
El
libro es la continuación pija del género quinqui que en los ochenta
escandalizaba los hogares españoles de clase media. Ahora el quinqui había
dejado las chabolas y se mudaba a casa de papi, en la Moraleja, con chacha
filipina o esclava – como dice un
personaje de el Kronen- y con todas las
expectativas de futuro de los mercheros, es decir, ninguna. La misma relación con las
drogas, una misoginia aún más obvia y vulgar, relaciones sexuales encaminadas a
la dominación y en ocasiones cercanas a la violación, aventuras kamikazes a
ritmo de bakalao -antes eran los chichos o los chunguitos- relaciones
homoeróticas paradójicamente homófobas; así eran los quinquis, así eran los
Kronen, la generación X española, la generación que pasó su última infancia,
adolescencia y primera juventud bajo los gobiernos de Felipe González.
Decía
Eleuterio Sánchez, el primer quinqui famoso, en la primera parte de su
autobiografía Camina o revienta que
el franquismo le había robado su identidad y le había creado una identidad
proscrita. Sólo mediante el exorcismo del celuloide pudo deshacerse de El Lute y colocarle el sambenito a
Imanol Arias. Con el Kronen pasa a la
inversa. La primera aparición de un autor de la generación Kronen suscita la
negación de su existencia como creador cultural capaz de dibujar la realidad. Sin
duda el Kronen era algo que no había
sido concebido por la cultura de la transición y no era asimilable a los parámetros
de la España moderna. Al mismo tiempo, reflejaba una realidad que podría traer
pingües beneficios económicos por su sublimidad trágica y decadente apostada en
las clases pudientes. Pero alguien que desvelase que el éxito de la transición se circunscribía
a la clase media alta que accedió al mercado laboral en esos años y que ni
siquiera había proporcionado un futuro a sus propios hijos, merecía el
desprecio generalizado del mundo cultural de la transición. Ganemos pasta, sí, pero no reconozcamos el
valor de la novela, podría resumir el pensamiento de la cultura de la
transición con respecto a Historias del
Kronen. En definitiva, El Kronen
tenía todas las papeletas para recibir una lluvia de invectivas de vitriolo.
La novela sesentayochista El extranjero ya perfilaba la
personalidad del protagonista de Historias
del Kronen. Un ser desapegado de la tierra que vive por vivir y que como el
criminal de Folsom Prison Blues
de Johny Cash, mata a un hombre sólo para verlo morir. Carlos, el protagonista, flirtea con ese
pensamiento hasta que lo lleva a cabo con un amigo de cuya hombría duda. Ese Meursault
español atestigua el fiasco de la transición. Lo que en el 68 constituía el
problema existencia de sentirse ajeno al mundo, extranjero eterno por
indefinido históricamente y sin ninguna implicación en las decisiones relevantes
resurge entre la jerigonza burda de una generación española tan académica y tan
preparada como condenada a la precariedad.
La
novela cumplirá pronto veinte años, como los cumplió también Killing in the name, ambos esbozos de
una generación que tiene, ahora que la cultura del consenso se desvanece, una
última oportunidad de hacerse escuchar frente a la generación tapón que ha condenado
a todas las demás al olvido. Historias del
Kronen es además un testimonio del Madrid posterior a la movida. Una movida
apolítica que toma del surrealismo dadaísta algunas de sus máximas. Así,
trataba de indignar con el propósito de despertar las conciencias de los
apocados españoles, pero, lo curioso es que, como ocurrió con el peor surrealismo, derivó en pop vacío y de consumo y que sus epígonos parecían más sedantes que
excitantes.
Cuando
Juan Luis Cebrián publicaba en 1980 una crítica de la transición con el título La España que bosteza, recurriendo al
poema de Machado y haciendo referencia esta vez al despertar de la
literariamente tan manida “noche del franquismo” ya se intuía que todo aquel
que tratase de provocar a los españoles, bien con suecas corriendo por las
playas, travestis glamurosos o liberaciones sexuales inocuas para el poder,
sería bienvenido. Ocurre que la España que
bosteza de Machado también hacía recordar el fantasma fratricida de la
guerra y la posterior represión bajo cuya sombra se realizó la transición. Su
segundo verso dice aquello, también tan trillado, de: “españolito que vienes al
mundo, te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. El miedo
a que en vez de España la transición despertase la hidra de dos cabezas ató
cualquier intento de ruptura, no ya política, sino también cultural. El Kronen marca un hito de ruptura cultural
con el modelo del consenso. Para que la España que bostezaba siguiese condenada
al sopor necesitaba ser olvidado. La generación Kronen nació en ese sopor y se
adaptó a él sin fe en el porvenir e incapaz de ver una escapatoria y fue puesta a dormir de nuevo. Hasta hoy, quizá.
El
miedo al Duelo a garrotazos de Goya
flotaba en las cabezas de aquellos constructores de consensos alrededor del
Rey, esos padres de la democracia que lo fueron de todos los españoles a los
treinta años y que se negarían a ser abuelos. El tiempo no ha pasado para ellos,
la lógica de la transición sigue siendo aplicable en su mundo y son incapaces
de ver que hoy en día se muestra completamente inútil para dar cuenta de la
realidad.
Pero más allá del miedo al duelo a garrotazos o del “ruido de sables”
y sus consecuencias, hubo un miedo posterior, sobre todo dentro de la izquierda
parlamentaria, y que imposibilitó que las generaciones posteriores lucharan por
su emancipación. Un miedo universal que también fue recogido por Goya en su Cronos devorando a sus hijos. El miedo del
hijo que no pudo matar ni real ni simbólicamente al padre y cuya relación
edípica con el mundo es la de esperar el castigo de sus hijos por su falta de arrojo.
Franco murió de viejo, como se suele decir, y el franquismo se perpetuó en
muchísimos aspectos de la vida política y social del país. Casualmente, Cronos, sin
llegar a matarlo, sí castró a su padre, así como la izquierda, sobre todo
socialista, castró a todo el movimiento obrero y se deshizo de su ideología
marxista para sustituirla por el vacío, tan adecuado a la posmodernidad que se
avecinaba. No es extraño que el PSOE siempre haya temido que la izquierda se
volviese a organizar. Eso supondría regurgitar a sus hijos que clamarían por la
justicia de sus abuelos.
Un
ejemplo de la anulación de la generación que se hizo adulta en la transición es
el de la constante minusvaloración de sus obstáculos para la emancipación y la
libertad y que queda expresada en una escena del Kronen que no puede ser más certera. Habla Carlos, el protagonista:
Ya estamos con el
sermón de siempre. El viejo comienza a hablar de cómo ellos lo tenían todo
mucho más difícil, y de cómo han luchado para darnos todo lo que tenemos. La
democracia, la libertad, etcétera, etcétera. El rollo sesentaiochista pseudoprogre
de siempre. Son los viejos los que lo tienen todo: la guita y el poder. Ni
siquiera nos han dejado la rebeldía: ya la agotaron toda los putos marxistas y
los putos jipis de su época. Pienso en responderle que justamente lo que nos
falta es algo por lo que luchar. Pero paso de discutir con él.
Sin
embargo, y a pesar de que los protagonistas de Kronen desprecian a los viejos,
la generación de los abuelos hace un análisis que aunque general, a grandes
rasgos sintetiza la situación social y política a la que tendrían que
enfrentarse los jóvenes de entonces. El abuelo se dirige a Carlos poco antes de
morir:
Tenéis que estudiar mucho porque la gente de
tu generación lo tiene muy difícil. (…) El otro día estaba leyendo una novela
de un inglés, Jiuxli, que se titula Mundofeliz (…) es un retrato terrible del mundo
que vais a vivir vosotros.
Y
un poco más tarde y a pesar del conato de anulación de las dificultades de la
generación Kronen, termina por reconocerlas:
Si es que vosotros
no os dais cuenta de la suerte que tenéis: no habéis vivido la guerra, ni la
posguerra, ni la dictadura. Pero por otra parte no os envidio, porque el mundo
que os va a tocar vivir es cada vez más deshumanizado.
Como
el Cronos de Goya, la generación progre de la transición tiene que devorar a
sus hijos, hacerlos desaparecer y dejarlos sin historia, ni identidad, ni
tradición, ni pasado, ni futuro, colocarles una X, o una Y o una Z, las
incógnitas para los desaparecidos, para los que no son ni una cosa ni la otra,
sino suma de apatía e indolencia, ninis
a fin de cuenta. Somos los hijos de Cronos, hijos del Kronen, hijos de la transición
y, o hablamos hoy, o no se nos escuchará nunca. ¿Y por qué me centro en la progresía de la transición y no en la derecha? Por una simple razón: la derecha no traicionó sus principios.