lunes, 8 de abril de 2013

Hijos del Kronen hijos de Cronos

La realidad política y social, el desencanto con la democracia representativa actual y los abusos cometidos por los que ostentan tanto el poder político como el económico y coercitivo han puesto de manifiesto que se necesita un estudio pormenorizado de los fundamentos de la democracia española y, por ende, el proceso de transición a la democracia y el papel que jugaron cada uno de sus actores.  Ahora, al leer los cables diplomáticos de Wikilieaks queda claro que el plan que EEUU había diseñado para España es precisamente el que resultó tomar cuerpo. A toro pasado es fácil observar que la situación geopolítica apuntaba casi irremisiblemente a una entrada de España en la OTAN, en la CE de los mercaderes, a un descenso de la influencia política hasta la marginalidad del PCE y  a un aumento espectacular de la influencia de un PSOE apoyado desde la socialdemocracia alemana subsidiada por EEUU con dos motivaciones, eliminar la posible influencia comunista en la política del país y crear un bipartidismo turnista. El plan era tan fácil que no hizo falta la violencia que EEUU apoyaría en Chile. Tenían el beneplácito de todas las fuerzas políticas que, además, habían aprendido la lección de la guerra y la consecuente eliminación de la historia y las identidades previas a la victoria franquista. En resumen, la transición se forjó a espaldas del pueblo por unas élites hijas del miedo y del asesinato en masa y se perpetuó hasta hoy para dar siempre la espalda al poder popular.

                Torcuato Fernández Miranda, presidente hasta el nombramiento de Arias Navarro, dijo antes del comienzo oficial de la transición: Olvidaremos la guerra, pero no la victoria.  En la lógica conservadora, la guerra fue un desastre natural, pero la redención fue franquista. Y con esas cartas que planteaban la superioridad moral de las instituciones franquistas se realizó una transición que condenaba a las generaciones siguientes al olvido de la historia, a la falta de identidad y le arrebataba el derecho a cuestionar posicionamientos intelectuales y políticos obsoletos. Porque el mal de la transición no es lo que se hizo o dejó de hacer, sino que con el tiempo los actores de aquella reforma maniatada no tomasen las únicas opciones políticas que podrían haber restaurado la confianza en el futuro: la autocrítica y el relevo generacional.

                Por eso, cuando José Ángel Mañas publica su Historias del Kronen, le llueven las críticas a mantas. ¿Por qué? Todos sabemos que nadie se ensaña con lo inofensivo si no es por crueldad y que no tiene sentido dilapidar a un autor de poco más de veinte años por una mala primera novela. Pero el caso es el contrario, la novela es beligerante –o por lo menos da el primer paso hacia el análisis de las consecuencias generacionales de la transición- además de brillante. No se trata de que muestre un mundo sórdido y lo lleve a primera plana de la sección de sucesos, sino que redescubre la marginalidad a la que la transición había condenado a la juventud, para certificar su fracaso político y social. La desafección política, desarraigo social, estilo de vida y léxico del lumpen proletariado se habían instalado en todas las clases sociales.

                El libro es la continuación pija del género quinqui que en los ochenta escandalizaba los hogares españoles de clase media. Ahora el quinqui había dejado las chabolas y se mudaba a casa de papi, en la Moraleja, con chacha filipina o esclava – como dice un personaje de el Kronen-  y con todas las expectativas de futuro de los mercheros, es decir, ninguna. La misma relación con las drogas, una misoginia aún más obvia y vulgar, relaciones sexuales encaminadas a la dominación y en ocasiones cercanas a la violación, aventuras kamikazes a ritmo de bakalao -antes eran los chichos o los chunguitos- relaciones homoeróticas paradójicamente homófobas; así eran los quinquis, así eran los Kronen, la generación X española, la generación que pasó su última infancia, adolescencia y primera juventud bajo los gobiernos de Felipe González.

                Decía Eleuterio Sánchez, el primer quinqui famoso, en la primera parte de su autobiografía Camina o revienta que el franquismo le había robado su identidad y le había creado una identidad proscrita. Sólo mediante el exorcismo del celuloide pudo deshacerse de El Lute y colocarle el sambenito a Imanol Arias. Con el Kronen pasa a la inversa. La primera aparición de un autor de la generación Kronen suscita la negación de su existencia como creador cultural capaz de dibujar la realidad. Sin duda el Kronen era algo que no había sido concebido por la cultura de la transición y no era asimilable a los parámetros de la España moderna. Al mismo tiempo, reflejaba una realidad que podría traer pingües beneficios económicos por su sublimidad trágica y decadente apostada en las clases pudientes. Pero alguien que desvelase que el éxito de la transición se circunscribía a la clase media alta que accedió al mercado laboral en esos años y que ni siquiera había proporcionado un futuro a sus propios hijos, merecía el desprecio generalizado del mundo cultural de la transición. Ganemos pasta, sí, pero no reconozcamos el valor de la novela, podría resumir el pensamiento de la cultura de la transición con respecto a Historias del Kronen. En definitiva, El Kronen tenía todas las papeletas para recibir una lluvia de invectivas de vitriolo.

                 La novela sesentayochista El extranjero ya perfilaba la personalidad del protagonista de Historias del Kronen. Un ser desapegado de la tierra que vive por vivir y que como el criminal de Folsom Prison Blues de Johny Cash, mata a un hombre sólo para verlo morir. Carlos, el protagonista, flirtea con ese pensamiento hasta que lo lleva a cabo con un amigo de cuya hombría duda. Ese Meursault español atestigua el fiasco de la transición. Lo que en el 68 constituía el problema existencia de sentirse ajeno al mundo, extranjero eterno por indefinido históricamente y sin ninguna implicación en las decisiones relevantes resurge entre la jerigonza burda de una generación española tan académica y tan preparada como condenada a la precariedad.

                La novela cumplirá pronto veinte años, como los cumplió también Killing in the name, ambos esbozos de una generación que tiene, ahora que la cultura del consenso se desvanece, una última oportunidad de hacerse escuchar frente a la generación tapón que ha condenado a todas las demás al olvido. Historias del Kronen es además un testimonio del Madrid posterior a la movida. Una movida apolítica que toma del surrealismo dadaísta algunas de sus máximas. Así, trataba de indignar con el propósito de despertar las conciencias de los apocados españoles, pero, lo curioso es que, como ocurrió con el peor surrealismo, derivó en pop vacío y de consumo y que sus epígonos parecían más sedantes que excitantes.

                Cuando Juan Luis Cebrián publicaba en 1980 una crítica de la transición con el título La España que bosteza, recurriendo al poema de Machado y haciendo referencia esta vez al despertar de la literariamente tan manida “noche del franquismo” ya se intuía que todo aquel que tratase de provocar a los españoles, bien con suecas corriendo por las playas, travestis glamurosos o liberaciones sexuales inocuas para el poder, sería bienvenido. Ocurre que la España que bosteza de Machado también hacía recordar el fantasma fratricida de la guerra y la posterior represión bajo cuya sombra se realizó la transición. Su segundo verso dice aquello, también tan trillado, de: “españolito que vienes al mundo, te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. El miedo a que en vez de España la transición despertase la hidra de dos cabezas ató cualquier intento de ruptura, no ya política, sino también cultural. El Kronen marca un hito de ruptura cultural con el modelo del consenso. Para que la España que bostezaba siguiese condenada al sopor necesitaba ser olvidado. La generación Kronen nació en ese sopor y se adaptó a él sin fe en el porvenir e incapaz de ver una escapatoria y fue puesta a dormir de nuevo. Hasta hoy, quizá.

                El miedo al Duelo a garrotazos de Goya flotaba en las cabezas de aquellos constructores de consensos alrededor del Rey, esos padres de la democracia que lo fueron de todos los españoles a los treinta años y que se negarían a ser abuelos. El tiempo no ha pasado para ellos, la lógica de la transición sigue siendo aplicable en su mundo y son incapaces de ver que hoy en día se muestra completamente inútil para dar cuenta de la realidad.
Pero más allá del miedo al duelo a garrotazos o del “ruido de sables” y sus consecuencias, hubo un miedo posterior, sobre todo dentro de la izquierda parlamentaria, y que imposibilitó que las generaciones posteriores lucharan por su emancipación. Un miedo universal que también fue recogido por Goya en su Cronos devorando a sus hijos. El miedo del hijo que no pudo matar ni real ni simbólicamente al padre y cuya relación edípica con el mundo es la de esperar el castigo de sus hijos por su falta de arrojo. Franco murió de viejo, como se suele decir, y el franquismo se perpetuó en muchísimos aspectos de la vida política y social del país. Casualmente, Cronos, sin llegar a matarlo, sí castró a su padre, así como la izquierda, sobre todo socialista, castró a todo el movimiento obrero y se deshizo de su ideología marxista para sustituirla por el vacío, tan adecuado a la posmodernidad que se avecinaba. No es extraño que el PSOE siempre haya temido que la izquierda se volviese a organizar. Eso supondría regurgitar a sus hijos que clamarían por la justicia de sus abuelos.

                Un ejemplo de la anulación de la generación que se hizo adulta en la transición es el de la constante minusvaloración de sus obstáculos para la emancipación y la libertad y que queda expresada en una escena del Kronen que no puede ser más certera. Habla Carlos, el protagonista:

                Ya estamos con el sermón de siempre. El viejo comienza a hablar de cómo ellos lo tenían todo mucho más difícil, y de cómo han luchado para darnos todo lo que tenemos. La democracia, la libertad, etcétera, etcétera. El rollo sesentaiochista pseudoprogre de siempre. Son los viejos los que lo tienen todo: la guita y el poder. Ni siquiera nos han dejado la rebeldía: ya la agotaron toda los putos marxistas y los putos jipis de su época. Pienso en responderle que justamente lo que nos falta es algo por lo que luchar. Pero paso de discutir con él.

                Sin embargo, y a pesar de que los protagonistas de Kronen desprecian a los viejos, la generación de los abuelos hace un análisis que aunque general, a grandes rasgos sintetiza la situación social y política a la que tendrían que enfrentarse los jóvenes de entonces. El abuelo se dirige a Carlos poco antes de morir:

                Tenéis que estudiar mucho porque la gente de tu generación lo tiene muy difícil. (…) El otro día estaba leyendo una novela de un inglés, Jiuxli, que se titula Mundofeliz (…) es un retrato terrible del mundo que vais a vivir vosotros.

                Y un poco más tarde y a pesar del conato de anulación de las dificultades de la generación Kronen, termina por reconocerlas:

                Si es que vosotros no os dais cuenta de la suerte que tenéis: no habéis vivido la guerra, ni la posguerra, ni la dictadura. Pero por otra parte no os envidio, porque el mundo que os va a tocar vivir es cada vez más deshumanizado.

                Como el Cronos de Goya, la generación progre de la transición tiene que devorar a sus hijos, hacerlos desaparecer y dejarlos sin historia, ni identidad, ni tradición, ni pasado, ni futuro, colocarles una X, o una Y o una Z, las incógnitas para los desaparecidos, para los que no son ni una cosa ni la otra, sino suma de apatía e indolencia, ninis a fin de cuenta. Somos los hijos de Cronos, hijos del Kronen, hijos de la transición y, o hablamos hoy, o no se nos escuchará nunca. ¿Y por qué me centro en la progresía de la transición y no en la derecha? Por una simple razón: la derecha no traicionó sus principios.

jueves, 4 de abril de 2013

Ética zen y el espíritu del neoliberalismo


Hoy dejo aquí un cuento de título pretencioso. Me gusta ponerle títulos grandilocuentes a las situaciones cotidianas. Espero que lo disfrutéis.

               
Hace ya veinte años tú tenías diez y estabas tan lleno de energía como de egoísmo. Tu padre se acercó al verte jugar y aprovechó uno de tus pocos momentos accesibles. “Hijo”, te llamó. Ya sé qué quieres por tu cumpleaños. El regalo que todo niño desearía. ¡Un tren!, te dijo ilusionado. Pero no un tren normal: uno con interminables vías, árboles, estaciones, personas esperando en los andenes, ciudades enteras que se comunican mediante raíles. Trenes que surcan montañas y cruzan ríos. Trenes eléctricos y trenes humeantes de carbón y diesel. Carreteras que cruzan las vías, estibadores que cargan los vagones. Vagones de carga, vagones lujosos, coches cama… infinidad de personas cuyas vidas dependen de ese tren que los lleve a ver a sus familias, a sus trabajos o de vacaciones. Un tren, un tren es un río de vida mecánico, todos los niños quieren un tren.  ¿Verdad hijo? ¿Verdad que quieres un tren?
-¡NO!, Quiero una bicicleta.

Y el gesto de tu padre volvió a su natural mueca ausente. Ni siquiera pudo argumentar contra tu bici. Y tuviste tu bici. Y la paseaste orgulloso por todo el barrio mientras tu padre veía basura por la tele bebiendo su cerveza.

Han pasado dos décadas y volviste a aquella oscura casa. No tienes buenos recuerdos de ella. Malos tampoco. Una insulsa sensación de desprecio y vacío te posee cuando entras en el salón y ves a tu padre en la postura que le ha caracterizado durante veinte años. Apenas te saluda y tú, incapaz de romper el hielo, subes a tu habitación. Nada te relaciona ya con aquel espacio y decides pasarte por el mundo de los recuerdos, el desván. Vajillas obsoletas en las que has comido durante años, trastos inútiles que lo fueron desde el primer día que entraron en casa, muebles carcomidos y juguetes que te trasportan a una infancia ensimismada con olor a rancio. Remueves instintivamente unas cajas y tras ellas encuentras la que para otro sería la mayor sorpresa de su vida y, sin embargo, para ti sólo es una imagen inocua. Frente a tus ojos la enorme maqueta de un tren. Pero no un tren normal, sino uno con sus vías interminables, árboles, estaciones, personas esperando en los andenes, ciudades enteras que se comunican mediante raíles. Trenes eléctricos y trenes humeantes de carbón y diesel. Carreteras que cruzan las vías, estibadores que cargan los vagones. Vagones de carga, vagones lujosos, coches cama… infinidad de personas cuyas vidas dependen de ese tren que los lleve a ver a sus familias, a sus trabajos o de vacaciones. Un río de vida cortado de cuajo, como si el país sobre el que el tren transitaba hubiera sufrido un instantáneo cataclismo silencioso, como si el Dios de ese mundo lo hubiera abandonado de golpe. Al lado de la maqueta inconclusa, tu vieja bicicleta, oxidada.  Vieja pero hecha para niños, inútil y melancólica, como tú. Y al bajar las escaleras y ver la imagen de tu padre, ausente y decadente, reconoces en él el espejo de tu destino, lo eludes y abandonas tu casa sin despedirte. Es mejor tener la mente en blanco, has quedado a jugar a la Play y beber cerveza con tus amigos de treinta años.

lunes, 25 de marzo de 2013

NO al NO de Rosa Díez


Hoy publicaba en El Mundo Rosa Díez el siguiente artículo:
 
 
Me he permitido cambiarlo, sólo un poco. Es fácil alterar el discurso político actual para decir exactamente lo contrario. Suele estar vacío de contenido y lleno de frases hechas. Sobre todo en una democracia que se dedica a la caza del voto, la política se reduce a consignas y frases lapidarias. Por eso es tan sencillo desmontar un discurso tan anacrónico como el de Rosa Díez. Vaya por delante mi apoyo a todo acto informativo pacífico que tenga como objetivo intentar hacer cambiar de opinión a los parlamentarios sobre una cuestión que, no nos olvidemos, ha costado la pérdida de su vivienda a más de cien mil personas y se ha cobrado ya varias vidas.
 
Ahí va el artículo cambiado:

NO es aceptable que se cambie el nombre de las cosas para enmascarar las acciones más viles y cobardes.
NO es aceptable el silencio cómplice de los que aplauden a quienes desde sus tribunas de diputados hacen que el derecho constitucional a la vivienda digna se transforme en utopía.
NO es aceptable que haya medios de comunicación teorizando sobre la legitimidad o los límites del acoso, agresión y expulsión de ciudadanos de sus propios hogares.
NO es aceptable que desde nuestro parlamento se justifiquen actos que violan los derechos más esenciales como la libertad de expresión, el derecho de manifestación, a una vivienda digna, la inviolabilidad del domicilio o la protección de los menores.
NO es aceptable que unos diputados, por muy democráticamente elegidos que puedan estar, se crean con el derecho de sustituir  a los ciudadanos, que representan la soberanía nacional.
NO hay ninguna disculpa, ningún argumento, ninguna justificación para tolerar lo que está ocurriendo desde que Dios sabe cuánto tiempo se aprobase la ley hipotecaria española. La inexistente legitimidad y falta de razón que tuvieron quienes promovieron esa iniciativa, la mantuvieron durante gobiernos fascistas y democráticos. Aquellos gobiernos dejaron patente que les importaba bien poco la ciudadanía y su derecho a tener un lugar para vivir.
Por eso insultaron a los ciudadanos durante décadas, se mofaron de sus frustraciones y les enviaron a la policía para que se ensañase con ellos y los acosase colocándoles denuncias intimidatorias constantemente.  Y así, pasó gobierno democrático tras gobierno democrático sin aprobar una sola iniciativa legislativa popular. Votar y callar no es democracia.
Nosotros NO estamos dispuestos a revivir épocas pasadas, aunque cambie el escenario y los nombres de los impulsores de tales vilezas. Hemos sufrido demasiado tiempo la perversión del lenguaje como para consentirlo y dejarnos engañar a estas alturas.
En España hemos vivido la persecución de centenares de personas en sus propios domicilios; hemos sufrido amenazas a la libertad de expresión de los ciudadanos, hemos vivido todo tipo de brutalidad policial. Todas esas cosas decían hacerlas «para recuperar la democracia»; a todas esas cosas las denominaron democracia; pero era despotismo de mercado. A esto que los parlamentarios están haciendo ahora en nombre de la ley, hipotecaria en este caso, lo llaman Estado de Derecho; pero es acoso. Acoso cobarde, acoso vil, acoso radicalmente inaceptable.
Uno de los mayores males de nuestra democracia es la impunidad; la impunidad ante la corrupción política o económica, la gestión impropia y dolosa de los recursos públicos o la falta de transparencia en los actos de las administraciones públicas, lo que nos distingue de los países en los que existe una democracia de calidad. Pero el compromiso de acabar con la impunidad no puede ser selectivo, porque entonces no habremos avanzado nada.
NO puede haber impunidad para aquellos gestores de entidades financieras que las han arruinado; ni para responsables de los organismos reguladores que no cumplieron con su obligación; ni para los políticos que los nombraron y mantuvieron mientras el desfalco se estaba consumando.Tampoco puede haber impunidad para quienes en nombre de la democracia defienden los intereses de los bancos y no vulneran las reglas del juego democrático porque son ellos las que las hacen. Ni para ellos ni para quienes los protegen o justifican. La injusticia no se combate con más injusticia; y pocas cosas hay más injustas, más cobardes, más rastreras, que echar a niños de su domicilio o reducir el presupuesto de su centro escolar o de salud. Tampoco la democracia se regenera con menos democracia; hay pocas cosas más contrarias al orden democrático que tratar de subvertirlo interpretando la representación como la capacidad de ejercer el poder sin atenerse a ninguna responsabilidad durante cuatro años.
Albert Camus insistió en explicar que cuando una causa requiere de la violencia para triunfar es la propia causa la que hay que revisar. Por eso hay que revisar a fondo una democracia que hoy en día se defiende a base de porrazos y deshaucios y que tiene a más gente en la cárcel que cualquiera de su entorno. Quienes están protagonizando estos actos violentos no lo hacen para garantizar que la causa justa salga adelante; su objetivo –como ha quedado demostrado durante décadas de democracia en España - es usurpar el poder de los ciudadanos y crear grupúsculos de los que sacar réditos personales o profesionales.
Que nadie se engañe: a quienes lideran  la democracia actual les importa un bledo que sus acciones pongan en riesgo la libertad y el bienestar de los ciudadanos que dicen defender; el bien superior para ellos es imponer su voluntad a todo el mundo. Pues vamos a decirlo muy claro: desde la ciudadanía no estamos dispuestos a consentirlo. El chantaje y las amenazas sólo podrán triunfar si los ciudadanos abdicamos de nuestro deber de cuestionar a los representantes electos y a los que los chantajean (bancos, grandes corporaciones); y nosotros no lo vamos a hacer. Nunca aceptaremos que los decretazos-promovidos hoy por unos y mañana por otros- sustituyan a la ciudadanía; ni que los votos supongan una patente de corso; ni que la violencia policial oculte el problema y sustituya al debate democrático.
Anuncio que no cederemos ni un milímetro ante el chantaje o las amenazas; que no aceptaremos jamás que la democracia se reduzca al voto; porque de eso es de lo que estamos hablando, por mucho que haya demasiados intereses -e interesados- en hacer que parezca que se trata de otra cosa. En palabras de Primo Levi: «Nos queda una facultad y debemos defenderla con todo nuestro vigor, porque es la última: la facultad de negar nuestro consentimiento».
Nuestro país ha aprendido a no tener miedo y a decir: NO. Quienes consideran que todo lo que ellos no hacen o aprueban es antidemocrático han de saber que siempre nos tendrán enfrente; y que nadie conseguirá, nunca, que renunciaremos a defender la democracia real.

domingo, 24 de febrero de 2013

Grandola Vila Morena o la recuperación del derecho a silenciar


            “¿Por qué no te callas?” Interpela su majestad a Hugo Chávez. Pregunta imperativo a sabiendas de que esconde en su interrogación una orden que no está legitimado a aplicar. ¡Cállate! hubiera dicho un monarca absoluto. Pero su situación de agraciado con el premio del reinado vino aparejada al silencio impuesto. ¿Qué hace un Rey callado sobre su trono? ¿Le condenaba el silencio a la conspiración?  

                El silencio mantiene la mentira histórica de nuestra transición. Nuestra democracia débil se arrogó el derecho a silenciar al Rey y al pueblo para ocultar su mayor discordancia, la defensa del privilegio. El silencio es el ropaje del Rey desnudo y de todos los tocados por la gracia desde el nacimiento, los ricos, hablando claramente. “Vosotros os calláis, nosotros actuaremos en silencio” imponía la transición. Y de golpe y porrazo un hombre de fortuna más que limitada se convirtió en uno de los más ricos del mundo. Este cuento de fortunas afortunadas, de Reyes heroicos, reinas cuitadas, bellos príncipes y princesas casadas con apuestos galanes se hizo moraleja de nuestra democracia: los ricos se enriquecieron y el pueblo quedó sin su alma, que es la historia, y sin su arma, la razón expresada en palabras.

                 ¿Y qué papel jugó el 23 F en la reafirmación de la importancia del silencio? Todo, ahí se erigió la figura heroica del Rey Juan Carlos hasta hacer que algunos ingenuos republicanos se proclamasen juancarlistas. Silencio, obscurantismo y conspiración para que cambie lo mínimo es la consigna de la transición que pasó, según Torcuato Fernández Miranda, de “una legalidad a otra legalidad”, lo que implica decir que lo hizo de una ilegitimidad a otra ilegitimidad. De una ilegitimidad ruidosa y abiertamente fascista a la cámara anecóica de la transición. Bien sabemos qué ocurre cuando uno es encerrado en una habitación diseñada para el silencio completo.

                Los silencios son vacíos. Lo sabía John Cage al realizar una composición musical escultórica y silenciosa.  Lo sabe cualquiera que visite una iglesia o se acerque a la obra de Malévich u Oteiza.  Un vacío que no es abismo, sino un mundo limitado de posibilidades infinitas. “Que no termine nunca” gritan los amantes en sus momentos más ruidosos, pero sobre todo en los callados. Y la iglesia, de esta intuición universal del vacío, pasó a la institucionalización de la necrofilia y su “hasta que la muerte nos separe”, como si lo que se pretendiese con esos ruidos y silencios no fuera efectivamente superar la muerte, saber que con los amantes como frontera se abre un mundo limitado e infinito.  Hoy, los que fueron forzados a firmar un pacto matrimonial con el poder durante la transición entienden que la institucionalización de sus silencios fue una perversión. Son silencios cargados de ruidos, tapados por arena y cal que se han reproducido en murmullo del pueblo en discusión y diálogo. Ese pueblo que desde el 15M está en un proceso de aprendizaje catárquico.

                Una compañera me escribe sobre Portugal y su educada protesta dedicada a colorear los silencios impuestos. Los portugueses, silenciados tanto o más que los españoles, cantan cuando algún representante que se arroga el derecho a silenciar viene a decirles que la función del pueblo es escuchar. Cantan conmemorando su pasado revolucionario y enervan a esos poderosos que lo han traicionado. Cantan recordando que la palabra es siempre del pueblo y que en momentos de cambio radical es especialmente necesario que regrese adonde pertenece. Cantan como un cuadro de Kandinsky que llena el silencio del lienzo blanco con notas y colores. Cantan como cantaron ayer las diferentes mareas, llenado las calles con sus melodías. Cantamos junto a los portugueses y algún día cantaremos victoriosos Grandola Vila Morena.

Grândola, vila morena
Terra da fraternidade
O povo é quem mais ordena
Dentro de ti, ó cidade
Dentro de ti, ó cidade
O povo é quem mais ordena
Terra da fraternidade
Grândola, vila morena
Em cada esquina um amigo
Em cada rosto igualdade
Grândola, vila morena
Terra da fraternidade
Terra da fraternidade
Grândola, vila morena
Em cada rosto igualdade
O povo é quem mais ordena
À sombra duma azinheira
Que já não sabia a idade
Jurei ter por companheira
Grândola a tua vontade
Grândola a tua vontade
Jurei ter por companheira
À sombra duma azinheira
Que já não sabia a idade
Grândola, villa morena
Tierra de fraternidad
El pueblo es quien más ordena
Dentro de ti, oh ciudad
Dentro de ti, oh ciudad
El pueblo es quien más ordena
Tierra de fraternidad
Grândola, villa morena
En cada esquina, un amigo
En cada rostro, igualdad
Grândola, villa morena
Tierra de fraternidad
Tierra de fraternidad
Grândola villa morena
En cada rostro, igualdad
El pueblo es quien más ordena
A la sombra de una encina
De la que ya no sabía su edad
Juré tener por compañera
Grândola, tu voluntad
Grândola, tu voluntad
Juré tener por compañera
A la sombra de una encina
De la que ya no sabía su edad

domingo, 3 de febrero de 2013

Todo es falso




Se me ocurre que la paradoja del mentiroso, esa que reza: todo lo que digo es mentira, se soluciona contextualizándola en la democracia parlamentaria. ¡Cuántos argumentos en contra de la gran mentira democrática hacen falta! Bueno, pues ahí va uno más. Y no le falta enjundia, porque en este caso resolverá la paradoja del mentiroso.  

Voy a ello: esto de los partidos políticos que dicen representarnos tiene su gracia, o sus gracias, que son varias y no hay por dónde cogerlas. Ya he argumentado en varias ocasiones que no tiene ningún sentido sentirse representado por un partido sin estructura democrática, y que, además,  es imposible que un solo ser humano represente a un grupo entero sin hacer uso de una cierta metempsicosis o transmigración de la intención política de cada uno. ¡Hombres y mujeres de poca fe, creamos en la magia! ¡Sea!: en el caso de creer en la transmigración de la intención política, para que yo me encontrase perfectamente satisfecho con su actuación, nuestro representante debería tener poder absoluto para llevar a cabo mis deseos, con lo que la democracia perdería su sentido. Aún así, los electores demócratas esperan precisamente eso, que su voto valga por la imposición totalitaria de sus deseos políticos. Y cuando esto no ocurre, se muestran muy indignados, indignadísimos y presentan propuestas a los representantes, de nuevo  ¡Ay, almas de cántaro! ¡Ay, almas de urna! Ya sabemos que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma urna.  En urnas guardamos nuestra fe en la democracia y las cenizas de nuestros cadáveres.

En el camino entre mi pensamiento a la acción política, pasando por el voto, existe tal grieta insalvable que no sé qué dios olímpico nos ha hecho creer que formamos parte del proceso político.

Ahora vamos a otra cosa. El representante forma parte de un partido. En el caso del sistema español se debe a él y debe seguir una disciplina ideológica no exenta de carácter totalitario. Así, las acciones de este representante deberán estar de acuerdo a las exigencias del partido. Pero, ¿y su discurso? El discurso es otra cosa. Su objetivo es conseguir la mayor cantidad de votos, con lo que, de lo que se trata es de seducir mediante cualquier estrategia. En el juego de la seducción uno se deja engañar por lo espectacular del plumaje del pavo real. Eso sí, solamente si así lo desea, o si el encantamiento es tal que la víctima se encuentra en un estado de hipnosis. Efectivamente, así es como estamos hoy, adormecidos y observando el espectáculo de los pavos reales. En este contexto, si el pavo dice “todo lo que digo es mentira”, o “todo es fachada” la frase cobra completo sentido. Y es aquí donde se rompe la paradoja del mentiroso. No es el todo, incluida la frase que se profiere, sino todo lo que el representante dice en el contexto político de la democracia mágico-representativa, porque la separación entre el discurso y la acción es connatural al sistema establecido. Mentir, en este caso, decir una cosa y hacer otra, es justamente lo que se les pide a los políticos: ganar votos a través de su discurso y seguir la disciplina del partido. ¡Entonces sólo hay que acabar con la disciplina de partido! ¿no? Pues no, aún nos quedaría deshacernos de la superstición que cree en la representación política.  

“Todo es falso”, dice Rajoy. Y que lo digas, amigo, desde que la democracia tiene en los partidos su principal modo de respresentación.

domingo, 27 de enero de 2013

Amy Martin

¿Verdad que habéis escuchado en ocasiones que uno de los síntomas de la crisis de la democracia es que la gente no confía en las instituciones? ¡Pero si es que para que haya un ápice de libertad lo que hay que hacer es desconfiar de las instituciones! Lo que tenemos que hacer es controlarlas desconfiadamente a cada minuto. Y el hecho de que nos digan que tenemos que confiar en ellas revela que los gobernantes no creen en la democracia que profesan, sino en la delegación atontada del poder. Un ejemplo del momento:

Leamos el artículo 5 de esta ley: Ley de Financiación de Partidos que se aprobó en 2007. La fundación IDEAS se comenzó a formar entonces y se inauguró un año después, en 2008. Las fundaciones sí pueden recibir dinero privado sin límite (además del público que todos conocemos) y no tienen que rendirle cuentas a nadie. ¡Quién necesita más pistas! Ahora que vengan a contarnos que nadie sabía que Carlos Mulas se hacía con dinero para subvencionar cualquier historia que le viniera en gana a él o a su mujer. ¡Pero si la propia institución ha sido constituida para que no sepamos quién pone dinero y a cambio de qué! Pero nada, a confiar, que si no, ponemos la democracia en crisis. Además, estas fundaciones son importantísimas, porque, ya se sabe que los políticos no tienen tiempo para pensar a largo plazo y que los ciudadanos son idiotas, así que, vamos a colocar en ellas a unos cuantos tecnócratas de la familia que estén en paro. ¿Y quién paga? Pues quién va a pagar: ¡LOS IDIOTAS! Y ahora, como la Reina de Alicia en el País de las Maravillas, todos a gritar: ¡Que le corten la cabeza al director!

¿Cómo no viste que tenías los días contados desde el inicio, Carlos? ¿Por qué no te diste cuenta de que serías el primer chivo expiatorio? ¿Por qué no dimitiste hace un año cuando ABC y El Confidencial comenzaron a destapar todo el asunto o cuando Jordi Evole en uno de sus programas mencionó a las fundaciones (m. 7:40) y su papel en la financiación de los partidos?

Escribo hoy algo alterado, porque me he criado literalmente entre Amy Martins. En esas ironías de la vida, a Amy Martin la conocí calzando unas Dr. Martens a sus quince años, por lo que en cierto alarde de maldad adolescente le cayó el mote de “La Botas”. Nunca pensé que la llevarían tan lejos. Aunque como novelista, y ahora sin ironías, podía haber ido a cualquier parte. Su marido o ex-marido (tampoco yo lo sé) fue mi amigo de la infancia y adolescencia y, por tanto, lo es para siempre. Aunque hace años que no lo veo, Carlos no podrá dejar de ser nunca mi amigo. Me repugna lo que ha hecho. Ante todo y aparte de birlar dineros -que a fin de cuentas es a lo que aspira todo político socialista medio, a las subvenciones y al compadreo- lo que más me asquea es que se prestase a firmar un estudio para el FMI en el que se recomienda despedir a 120.000 funcionarios portugueses y recortarle el sueldo a los que queden. ¡Ole y ole y que viva el socialismo! Sobre este informe los fachas, perdón, los neoliberales, no se han quejado tanto.

Ni por esas dejará de ser un amigo, porque un amigo de la infancia lo es siempre en el recuerdo y, lo queramos o no, nos define por afinidad u oposición, junto con los amores, que no dejan nunca de serlo, al igual que padres o hermanos. Es casi una década, la más importante, compartiendo pupitre con él, jugando en el parque a diario y creciendo juntos. Carlos era un buen amigo. Traicionar esos recuerdos sería desertar de uno mismo. Por eso, para mí, todo este asunto de Carlos-Amy es parecido a una alucinada película de Buñuel: un extraño y tragicómico acto surrealista con fascistas enfurecidos, socialistas insultando a uno de sus compinches, cyborgs electro-pop dirigiendo el Instituto Cervantes de Estocolmo, cortometrajes solidarios, modernos y superguays, publicidad de novelas sobre el cadáver político de un ex-marido y con la única ausencia de Fofito entonando el¡Había una vez…..un circo que alegraba siempre el corazón!

Con Carlos yo hacía trampa a las chapas en el parque, durante el recreo. Se le daba bien casi todo, pero las chapas no eran su fuerte, tampoco el mío, por lo que cuando nos rezagábamos del pelotón de cabeza, comenzábamos a trapichear puestos a expensas de los que se jugaban la carrera delante y no prestaban atención a los de cola. Pero claro, cuando te salías con la tuya haciendo trampas, se te quedaba ese regustillo de saber que no habías ganado de verdad. Tu victoria no se debía ni a pericia, ni a estrategia, ni siquiera a la suerte, sino a la vil trampucia, trampa-sucia, caca-futi, grandes superlativos infantiles. Yo notaba que a Carlos eso no le sucedía, la victoria siempre le sabía a su semejante, la gloria.
Le hubiera venido muy bien quedarse en el engaño de las chapas, porque más allá de esas y otras travesuras infantiles, las trampas tienen sus consecuencias y la caída desde la gloria tiene su fin en el infierno. Lo lamento mucho, sinceramente, por el niño que era y es mi amigo. Me acuerdo de aquel relato de Gorki titulado Criaturas que una vez fueron hombres y veo toda esta burla de Amy Martin como una continuación titulada Criaturas que una vez fueron niños. Creo que nunca dejaron de serlo, porque, lo difícil, lo verdaderamente difícil, no es ser niño, sino dejar de serlo, dejar de buscar el reconocimiento, protección y cariño de la autoridad y dejar de querer ganar siempre y a toda costa hasta a las chapas

Corrupción

Bueno, parece que comienzan a despejarse las cosas. Creo que en alguna de las últimas entradas –no suelo releer lo que escribo- hablaba en términos apocalípticos sobre la llegada de los demócratas del PP y cómo iban a instaurar su régimen del terror en un intento de recuperar el poder perdido durante décadas. Si no lo hice, no importa, a veces el recuerdo es sólo una autojustificación. Además, no había que ser ningún figura para predecir que los demócratas de toda la vida nos proporcionarían un empacho de democracia. El repaso a la doctrina democrática que nos están dando es de libro, y siguen a pies juntillas la primera ley del representante: agárrate bien a la silla y olvídate de tus propuestas. Se trataba de seducir al electorado, ¡no de cumplir promesas! Pero bueno, no es ahora momento de analizar esos desmanes.

Ahora nos despertamos día a día con “escándalos de corrupción”. Puesto que la prensa tradicional es parte del régimen, además de mantenernos en vilo, tiene que hablar de “escándalo” para diferenciarlo de la condición normal del funcionamiento institucional democrático. En realidad, hablar de representantes corruptos es como hacerlo sobre ciclistas dopados, se trata casi de una tautología: la representación se fundamenta en la corrupción del sujeto que se apropia de la opinión y la voluntad de los ciudadanos.

Y, por supuesto, es difícil no sucumbir a los aires de grandeza que supone el saberse depositario de las voluntades de tan gran número de gente. Aunque no se le haya votado, el representante democrático, el elegido, no puede deshacerse de su lastre mesiánico. Además, es lo que busca desde un primer momento, monopolizar la voluntad de los demás. Una posible y nada descabellada definición de democracia representativa sería: sistema político en el que se asigna el poder mediante la transferencia del voto. Así que, los representantes buscan poder por encima de todo, porque es la condición necesaria para llevar a cabo cualquier actuación política en sus términos, algo que resulta una verdad de Pero Grullo, pero que merece la pena recordar. Esa búsqueda de la acumulación del poder la comparten los demócratas con los comunistas autoritarios y es algo que el pueblo debe prevenir siempre. Entre ambos se repartieron el mundo durante el siglo pasado. Rechazar el poder es un acto de valentía política y controlarlo una obligación para todo aquel que quiera mantener cierta libertad.

Si existen tantas tramas y tantos excesos, es debido a la naturaleza de la democracia moderna, no a asuntos puntuales. Es curioso que tantos analistas nieguen la existencia de un mal sistémico y consideren la constante corrupción producto de casos aislados. Para este tipo de analista, aquel que considera la corrupción como una clara consecuencia del funcionamiento de un sistema injusto es un simple conspiranoico, es decir, un loco que cree que el mundo entero está confabulado. Pues bien, sí, las democracias occidentales están en guerra contra la clase trabajadora. A ver cuándo nos caemos del guindo. No se trata de una conspiración, sino del funcionamiento ordinario de las instituciones de cualquier democracia parlamentaria, que ineludiblemente tienden a la acumulación constante de poder. Estamos en guerra, amigos, compañeros, camaradas, o como nos queramos llamar de aquí en adelante para comenzar ya a resucitar nuestra identidad. Y estamos en guerra contra la élite política, económica y financiera, que son lo mismo. Lo que pasa es que en la batalla ibérica de esta tercera guerra mundial vamos perdiendo con el resultado de más de 6.000.000 a cero. Seis millones de víctimas del conflicto de clase, sin saber siquiera que están en guerra.